El Gruñón y la Quiosquera

quiosqueraMaria era una persona de mediana edad, en lo que entendemos ahora la mitad de la vida,  que después de trabajar durante bastantes años en una misma empresa vio como la última regulación de empleo que su compañía había tenido le ponía en un listado con otras personas con los que había compartido tiempo, alegrías y tristezas.

Después de un tiempo adaptándose a su nueva situación, se planteó que no quería volver a pasar nunca más por ese momento tan amargo. Ella había dado parte de su vida y el final fue frío y poco sensible, a su entender.

reflexion

En uno de sus paseos matutinos por su barrio habló con el quiosquero, un hombre mayor y desgastado, que había decidido jubilarse después de muchos años regentando un quiosco que le había permitido conocer a todo el barrio. Se notaba el cansancio en su mirada, pero siempre tenía una palabra amable para todos. Ella le preguntó qué iba a hacer con su negocio, y ante esa interpelación Mariano, que así se llamaba el viejo quiosquero, le contestó que traspasarlo. Maria se despidió de Mariano como cada día, pero algo se había encendido en su mente y en su corazón, y empezó a tomar forma en una conversación interior:

“¿Por qué no me hago cargo yo del quiosco? Me gusta la gente y trabajaría cerca de casa. Además tengo el dinero para el traspaso del quiosquero y así tendría un trabajo del que no dependería de nadie, no tendría nadie que me mandase. Así no podré desilusionarme otra vez. Además, el quiosquero siempre me ha dicho que el negocio le da para vivir relativamente tranquilo. Es una oportunidad que se me ha cruzado. ¿Será una señal?. Tengo que hacer algo antes de que alguien se me adelante”.

ilusionarse

Y así continuó la mujer su paseo, charlando con ella misma, y cada vez más animada. Los que se encontraban con ella la saludaban pero ella no devolvía el saludo, porque estaba inmersa en sus pensamientos, en un futuro esperanzador y en una decisión importante para su vida.

Dejó reposar la decisión esa misma tarde, que compartió con su esposo, y ambos confluyeron en retomar la esperanza y la ilusión con este nuevo proyecto.

mujer emprendedora

A la mañana siguiente se levantó muy temprano con el objetivo claro de hablar con el quiosquero. No quería que nadie se le adelantase. Mariano se sorprendió al verla tan pronto, ya que no era muy habitual. Dialogaron, y sus caras mostraban cercanía, ya que sus objetivos eran complementarios. Tenía la ilusión de una colegiala que empieza una nueva etapa con un deseo ardiente de hacer las cosas “a su manera”. Pronto se pusieron de acuerdo, y en pocos días Maria regentaba el quiosco, después de que Mariano le hubiera explicado cómo funcionaba todo.

mujer sonriendo

El primer día que María se puso al mando de la nave su sonrisa era espectacular, irradiaba luz, y sus “buenos días” tenían una sonoridad musical agradable al oído de todo el que se acercaba. Pronto los vecinos y clientes habituales del quiosco se pusieron a conversar con ella, felicitándola por su decisión. Ella estaba exultante, y al terminar el día pensaba que era Feliz.

A los pocos días se presentó en el lugar un señor bien vestido y con ademanes de prisa. Vestía un traje oscuro y en su cara se veían las arrugas del paso del tiempo, y tenía unas facciones duras.

hombre de espaldas

  • Buenos días. Lanzo de manera seca el señor del traje oscuro
  • Buenos días señor, ¿Cómo está usted? Contesto Maria de manera educada ya que no le conocía
  • ¿Es usted la nueva quiosquera? Preguntó de manera abrupta el señor.
  • Sí, llevo unos días regentando el quiosco ya que Mariano ha decidido jubilarse. El pobre llevaba tiempo queriendo dejarlo y yo…….
  • Quiero hacer un trato con usted. Cortó de manera brusca el monologo de Maria.
  • Usted dirá. Dijo una sorprendida Maria por las formas
  • Cada día quiero recoger mi diario, más o menos a esta hora. Siempre voy con prisa y no quiero entretenerme con charletas, así que yo le daré un Euro por el diario y usted me lo dará de manera inmediata, sin entretenerse, y yo continuaré mi camino.
  • Pero señor, este diario cuesta 80 céntimos.
  • Ya lo sé, no quiero que me devuelva nada, no quiero entretenerme ni conversar con usted, sólo quiero mi diario de manera rápida y a cambio usted puede quedarse con sus 20 céntimos. ¿Estamos de acuerdo?
  • Ella dudo un instante, pero como el personaje le causaba cierto desagrado acepto sus condiciones para no tener que soportar su presencia durante más tiempo: “Sí, estamos de acuerdo”. Contestó.
  • “Entonces a partir de mañana así lo haremos. Adiós, contestó el señor de traje oscuro que ni siquiera había dicho su nombre.

A la mañana siguiente más o menos a la misma hora el señor apareció. Maria lo vio cómo iba acercándose y preparó su diario, y cuando llegó a la altura del quiosco lo saludó con un “Buenos días”, a lo que el señor ni se inmutó, ni siquiera la miró a la cara. Cogió su diario y dejó su euro sobre la repisa, prosiguiendo su camino sin detenerse.

quiosco

Así pasaron los siguientes días. La nueva quiosquera insistía con sus “Buenos días” pero no recibía respuesta del señor. Y pasaron varias semanas hasta que se cansó de saludarle, ante la falta de respuesta por su parte, así que cuando le veía venir preparaba su periódico y recibía su dinero.

En alguna ocasión la quiosquera se encontraba atendiendo a otros clientes, a lo que el señor de traje oscuro emitía un bufido de impaciencia y ella reaccionaba rápidamente dándole su diario. Esto ocurrió en repetidas ocasiones y, al verle venir, dejaba todo lo que estaba haciendo para dar rápidamente el diario para que prosiguiera su camino “como alma que lleva el diablo”. Esta actitud de Maria provocó las quejas de algunas personas que veían como la quiosquera dejaba de atenderles directamente. Al principio se excusaba diciendo que si no lo hacía este señor era una persona con un carácter seco y oscuro, y que no quería que le montase una escena en su quiosco, pero algunas personas no aceptaron la explicación y se sentían agraviadas.

paso del tiempo

Así pasaron los meses, y los años. María nunca obtuvo ninguna palabra de su cliente con traje oscuro. Incluso dejaron de cruzarse la mirada. Cuando ella le veía a lo lejos, ya tenía todo previsto para que el encuentro fuera fugaz y durase pocos segundos.

A María le fue cambiando el carácter con el tiempo. Su sonrisa se fue desvaneciendo y su amabilidad fue convirtiéndose en una actitud agria e incluso irónica. A algunas personas les confesó que estaba cansada de “la gente” y sus “manías”. Ya no tenía brillo en los ojos y el tiempo había pasado factura en su cara en forma de arrugas.

mujer amargada

Un buen día el diario de nuestro personaje subió de precio. De repente la editorial decidió que el diario se vendería a 1,20 €. El primer día que el diario salía a ese precio ella no se percató del asunto, pero cuando vio venir al señor a lo lejos enseguida se dio cuenta del cambio de tarifa. Según se acercó María se preparó firmemente y antes de que extendiera su mano le dijo enérgicamente “Perdone señor, el precio del diario ha cambiado, ahora cuesta 1,20”.

hombre siniestro

El siniestro señor le miró directamente a los ojos de una manera que parecía que quería agredirla y con gran desprecio dijo “durante todos estos años no te he reclamado el dinero de más que te he dado, por lo que ahora tú no debes reclamarme nada a mí”. María enmudeció durante unos segundos y contestó con voz alterada “Ya señor, pero es que el diario ha subido y si no me da usted la cantidad que vale tendré que ponerlo yo de mi dinero”. El señor la miró con cara de absoluto desprecio y le espetó “Usted y yo hicimos un trato, y me dio su palabra, por lo que no puede romperla ahora (tras un silencio incomodo). Así que no le daré más que el euro que acordamos”. Y cogiendo su periódico y dejando su euro abandono el quiosco rápidamente.

Ella no salía de su asombro, se quedó perpleja. Su mirada era perdida, y su rabia contenida. Pronto una multitud de palabras malsonantes, dirigidas hacia el siniestro personaje, salieron de su boca. Los que la escuchaban la miraban con absoluta perplejidad y se alejaban lentamente del quiosco. Pronto la mujer soltó una frase lapidaria: “Maldigo el día en el que me hice cargo de este quiosco”

A veces vamos “depositando” pequeños favores en otras personas con el secreto deseo de que cuando llegue el momento nos devolverán el favor o por lo menos no nos exigirán algo por el gran “crédito” que les hemos otorgado a nuestro entender. En el mundo del trabajo suele ocurrir algo parecido.

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